A sus 69 años, este cojedeño ha dedicado su vida al vibrar del arpa, tradición que hoy hereda a los pequeños en Tinaco

MARILYN MENDOZA ALMELLA
RNCC / FOTOS CORTESÍA

Si el llano tuviera dedos, seguramente tendrían los callos y la nobleza de los dedos de Héctor Alejandro Ascanio. Un hombre con estampa de a pie, de esos que saludan con un “buenos días, pariente”, mientras pedalea su bicicleta por el Sector Los Manantiales, pero debajo de esa humildad se esconde el gran artista de la “Uña de Acero” de Cojedes.

Héctor Ascanio, convirtió una lata de aceite y hilos de nylon, en un arpa con alma musical y que lo llevo a dedicar su vida al toque de la música venezolana. Un hombre que no necesita presentación, porque su talento se hace notar con melodías recias e imborrables, dejando el eco del arpa.

A sus 69 años, don Alejandro no toca el arpa, él la enamora, cuando sus dedos rozan las cuerdas. No es un músico ejecutando una pieza, es el mismísimo llano que emana por los poros, es un vibrar que pone a zapatear a cualquiera aunque no quiera.

DE UNA LATA DE ACEITE A LA INMORTALIDAD

La historia de este ilustre de la cuna de los arpistas, comenzó con un sueño que parecía más grande que el caserío Las Matas, allá cerca de El Baúl, donde nació un 27 de febrero de 1957.

Siendo un muchacho de apenas 15 años, sin dinero, pero con una voluntad de hierro, se fabricó su propia gloria. Agarró una lata de aceite, le incrustó unos palos y hilos de nylon de pescar, le puso 25 cuerdas.

“Esa fue mi primera escuela. Mientras otros jugaban, yo descifraba el lenguaje de mis tíos, robándoles los secretos del toque del bordoneo con la mirada”, señaló el arpista.

Fue en 1981 cuando decidió que su vida sería un solo de arpa infinito. Desde entonces, son 45 años dándole lija a las cuerdas. No es un estilo estudiado, es el “estilo de cantina”, el de la parranda brava y de la velada, donde el joropo levanta el polvo del llano.

“Siento que el llano me abraza. Que esos 45 años no han sido en vano. Que mientras yo tenga fuerza en estas uñas de acero, Cojedes, tendrá quien le cante a su tierra con la verdad por delante”, apuntó con su voz firme, pero llena de sentimientos.

Sus hijos: Luis Alejandro, Ana Beatriz, Héctor José y José Manuel, son el retoño de esa siembra, músicos que llevan en la sangre el mismo repique de su padre.

EL ARPA ES EL CORAZÓN QUE CANTA

“El arpa es mi vida, es mi suspiro. Yo me entrego en alma, vida y corazón, porque ese instrumento siente cuando uno está triste o cuando tiene el pecho apretado”, confiesa con su dialecto criollito.

Esa entrega lo llevó a ser el respaldo de los grandes artistas musicales como: Eneas Perdomo, Dámaso Figueredo o Julio Miranda, entre otros. Sin embargo, considera que sigue siendo el mismo hombre que atiende a los “muchachitos”, en su casa para enseñarles a tocar el cuatro y el arpa, porque sabe que la tradición no es de quien la toca, sino de quien la hereda.

UN LEGADO VIVIENTE

No por nada lo llaman “El Uña de Acero”, esos dedos han recorrido Venezuela entera, dejando el nombre de Cojedes, en lo más alto de los altares culturales.

A pesar de los diplomas, de la Orden Ciudad Tinaco y de ser pieza clave de las 100 Arpas de Cojedes. Alejandro Ascanio, prefiere la sencillez del saludo cotidiano. Verlo hoy a sus casi siete décadas, es entender que cuando algo te apasiona el alma aflora a diario con su ideal intacto.

Sus manos, delatan el trabajo y la constancia de quién conserva la agilidad de aquel joven que soñaba con su propio instrumento.

“Cuando me siento frente al arpa, el tiempo se detiene. El sonido es recio, puro. Es majestuosamente criollo”, explicó el maestro arpista.

Héctor Alejandro Ascanio, es la vibración de una cuerda de nylon, en el corazón de un hombre que desde El Baúl hasta Tinaco, decidió que su vida sería un joropo eterno para alegrar a su gente.

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