La historiografía nacional solo cuenta con la creación de la Escuela Náutica, el 21 de abril de 1811,
como hito institucional de un proceso que fue continuo y sin rupturas burocráticas abruptas
TN. JOSÉ GREGORIO MAITA RUIZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
Datar la fecha de creación o establecimiento es fundamental para cualquier organización o institución; más aún si se trata de un auténtico pilar del Estado-nación moderno, como lo es la Fuerza Armada o cualquiera de sus ramas. El caso concreto de la Armada venezolana representa un verdadero desafío de investigación documental y definición jurídica, ya que el tradicional enfoque de apelar a un único documento fundacional no es viable.
Debemos retroceder a los conocidos acontecimientos del 19 de abril de 1810, cuando el Cabildo de Caracas destituyó al capitán general Vicente Emparan. Tradicionalmente se toma esta jornada como la declaración de independencia de Venezuela, lo cual es erróneo. Con los documentos en mano y el entendimiento del derecho de la época, podemos interpretar aquella jornada como el paso al autogobierno por parte de la Capitanía General de Venezuela ante la ausencia del legítimo rey Fernando VII —apresado por Napoleón Bonaparte— y el desconocimiento de un régimen emergente, poco representativo para los españoles americanos e incluso ilegítimo, como lo era la Regencia establecida en Cádiz, última ciudad española libre de la ocupación napoleónica.
La Capitanía General de Venezuela formó entonces una Junta Suprema que gobernaría el territorio en representación de Fernando VII, apelando a la tradición jurídica y filosófica española medieval según la cual, ante la ausencia del monarca, la soberanía retorna al pueblo. Ahora bien, para hacer efectivo ese gobierno, la nueva Junta debió nombrar autoridades, estableciendo lo que llamaríamos modernamente un gabinete. En efecto, el 21 de abril de 1810, la Junta Suprema ascendió al grado de capitán de fragata al hasta entonces teniente de navío Lino de Clemente y Palacios, veterano de la Real Armada Española. Además del ascenso, a Clemente se le nombró secretario de Marina y Guerra con la misión explícita de organizar la defensa del territorio, ya fuese contra las fuerzas francesas o contra la previsible reacción de la Regencia.
Si bien la mayoría de las unidades militares terrestres y fortalezas juraron lealtad a la nueva Junta sin mayores contratiempos, la situación naval fue diferente. Para 1810, y desde 1783, la defensa marítima de la Capitanía General recaía directamente sobre la Real Armada Española, que había establecido su apostadero de marina en Puerto Cabello, reemplazando a los corsarios pagados por la ya extinta Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. En abril de 1810, el mando de dicho apostadero lo ejercía el teniente de fragata Juan de Tíscar. Tanto él como sus oficiales subordinados se habían ganado la antipatía de los locales por su arbitrariedad; por ello, cuando llegaron a Puerto Cabello las noticias de los cambios en Caracas, la ciudad reconoció a la Junta Suprema y tomó el control del único buque de guerra atracado en ese momento: el bergantín Celoso (el cual, en 1806, se había enfrentado en Ocumare a la Expedición Libertadora de Miranda, apresando a las goletas Bacchus y Bee).
Ante la seguridad de que la Regencia de Cádiz no reconocería la autonomía de la Junta Suprema de Caracas, se dio forma final a la Secretaría de Marina y Guerra mediante acta del 4 de mayo de 1810; siendo este el primer hito histórico y legal de las Fuerzas Armadas venezolanas. Más tarde, el 15 de mayo de 1810, los leales a la Junta descubrieron que Tíscar y sus hombres conspiraban para restablecer a las autoridades realistas, por lo que una turba liderada por Agustín Armario y Felipe Santiago Esteves los arrestó y expulsó de Puerto Cabello. De esa forma, la Junta Suprema de Caracas dispuso finalmente de medios navales. Más de un año después, cuando se declaró y firmó la independencia en julio de 1811, las unidades que habían sido leales a la Junta pasaron a las Provincias Unidas de Venezuela sin que se generara un acta de creación. En el caso de la Armada, solo contamos con la creación de la Escuela Náutica el 21 de abril de 1811 como hito institucional de un proceso que fue continuo y sin rupturas burocráticas abruptas.

Ahora bien, ¿cómo se pueden ponderar estos acontecimientos para convertirlos en una efeméride gloriosa que una bajo un mismo relato heroico a los tripulantes de la Armada? La respuesta tardó más de un siglo en llegar. Si bien la Batalla de Carabobo quedó envuelta en un aura mítica por los escritos del Libertador Simón Bolívar y del general José Antonio Páez, no ocurrió lo mismo con la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, el mayor triunfo de la Armada en la contienda y la última gran batalla de la independencia en territorio de la antigua Colombia.
Cuando se publicó Venezuela Heroica en 1881, Eduardo Blanco no dejó fuera a Carabobo, puesto que había sido edecán de Páez. En 1921, centenario de dicha batalla, el general Juan Vicente Gómez, presidente de la República, ordenó construir el monumento del Campo de Carabobo, inaugurado con un desfile que contó con el debut de la aviación militar. Aunque no era oficial aún, Carabobo era ya la gran fiesta del Ejército. En contrapartida, la Batalla Naval del Lago de Maracaibo no fue establecida como Día de la Armada hasta 1949, año en el que la Junta Militar de Gobierno reorganizó las Fuerzas Armadas, dotando a cada componente de escudo, himno y efeméride (126 años después de la victoria naval). Fue en 1973, en su sesquicentenario, cuando el Estado la conmemoró plenamente, designando aquel como el “Año de la Reafirmación Marítima” y construyendo el monumento en el Parque La Marina de Maracaibo.
Curiosamente, el hecho de que la Armada tomara la fecha de su mayor triunfo bélico como efeméride ha generado confusión, pues a menudo se cree que se celebra el aniversario de su fundación. La realidad es que ni la Armada ni el Ejército tuvieron un documento fundacional único en 1810; pasaron, de forma inercial, de ser fuerzas de la Monarquía Española a ser las fuerzas armadas de las Provincias Unidas de Venezuela. Así dio comienzo una historia que continúa, con vigor, más de doscientos años después.

