EDUARDO MARIÑO RODRÍGUEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
Mucho se habla de la contaminación “silenciosa” que generan los motores de combustión y en general los procesos industriales sobre los que se funda nuestra modernidad. Pero poco se menciona aquella que no es precisamente silente, sino que va creando un fondo abrumador en nuestras realidades, aturdiendo nuestros sentidos y nuestra sensibilidad: El ruido.
Los ruidos continuos de maquinarias y motores se han convertido en parte de nuestra cotidianidad de una manera tal que muchas personas, cuando son apartadas de este ambiente y llevados a la serenidad del campo y espacios abiertos sienten indudablemente una ansiedad que puede ir desde ligera incomodidad a una declarada agorafobia. A tal punto el ruido ha contaminado nuestros sistemas sensoriales que su ausencia ya no genera paz, sino incertidumbre.
Y hay formas de formas. El ruido no siempre se presenta en esa monotonía monocorde, sino bajo formas extremas que generan sobresalto y alteran súbitamente nuestro estado de alerta: Escapes de motos, cornetas de todo tipo, música estridente y sincopada que aparecen de la nada en medio de la noche o en la tranquilidad de las mañanas, pueden ser terribles suscitadores de migrañas, desorientación y otros problemas neurológicos.
Es hora de reflexionar sobre esto, y también aplicar las leyes que existen al respecto. No puede hablarse de estado de derecho si las normas que garantizan el desarrollo saludable de nuestra existencia son ignoradas y violadas consuetudinariamente por personas a quienes les llena el ego generar tanto ruido, acaso compensando la insignificancia de su propia existencia.

