MIGUEL POSANI
RNCC / FOTO CORTESÍA
Hace una década, el mundo parecía operar bajo un orden unipolar liderado por Estados Unidos, pero en los últimos diez años hemos presenciado una transformación sísmica donde podemos decir metafóricamente que tres mentalidades estratégicas distintas -el ajedrez ruso, el go chino y el póker estadounidense- han colisionado, produciendo el actual mundo crecientemente multipolar donde la hegemonía y la soberbia occidental se desvanece ante nuevos centros de poder.
Rusia ha ejecutado una partida de ajedrez geopolítico magistral, moviendo piezas con precisión calculada. La anexión de Crimea en 2014 representó un movimiento de apertura audaz, sacrificando peones diplomáticos a cambio de posición territorial estratégica. Las sucesivas sanciones occidentales -más de 16.000 medidas implementadas desde entonces- buscaban acorralar al rey ruso, pero Moscú respondió con jugadas contra intuitivas. La invasión a Ucrania en 2022 representó el movimiento de jaque mate definitivo, una jugada de alto riesgo que, aunque costosa, fracturó irreversiblemente el orden europeo de posguerra y la avanzada de la OTAN dirigida a enfrentar y desestructurar a Rusia.
A pesar del bloqueo financiero más severo de la historia moderna, que ha incluido la inmovilización de aproximadamente 300.000 millones de dólares en reservas extranjeras, Rusia ha consolidado su posición mediante la reorientación comercial hacia Asia, la sustitución de importaciones y la creación de mecanismos de pagos alternativos al SWIFT. El comercio con China se multiplicó por 2,5 entre 2020 y 2023, alcanzando los 240.000 millones de dólares anuales, mientras India se convirtió en el principal comprador de petróleo ruso a precios preferenciales. Esta resiliencia económica, combinada con el fortalecimiento de la Organización de Cooperación de Shanghai y la expansión de los BRICS, demuestra cómo Rusia ha jugado una partida de ajedrez donde sacrifica piezas menores (acceso a mercados occidentales) para ganar posición estratégica en el tablero global.
China, mientras tanto, desarrolla una partida de go a largo plazo, colocando piedras con paciencia estratégica para rodear y dominar territorios sin confrontación directa. La iniciativa de la ruta de la seda, lanzada en 2013, ha establecido una creciente influencia en más de 150 países mediante inversiones en infraestructura crítica por valor de 1 billón de dólares. Cada puerto, ferrocarril y proyecto energético constituye una piedra más en el tablero global, creando redes de dependencia económica que asfixian gradualmente la influencia occidental. China superó a Estados Unidos como principal socio comercial de 128 países frente a 57 que mantienen con Estados Unidos como primer socio, una inversión completa de la situación existente hace una década. En tecnología, empresas como Huawei, Tencent y Alibaba han rodeado mercados globales, con el 70% de la infraestructura 5G global utilizando tecnología china y el 60% de los smartphones vendidos en África siendo de marca china.
La creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (87 miembros), el sistema de pagos CIPS (alternativa al SWIFT con 1.300 instituciones financieras conectadas) y los avances en yuan digital (primera gran moneda digital de banco central implementada) representan avances estratégicos que cercan el decadente dominio financiero estadounidense. Mientras Occidente se distrae con crisis inmediatas, Beijing ejecuta su estrategia de cerco a 50 años, habiendo incrementado su PIB de 8,5 billones de dólares en 2012 a 18,1 billones en 2023, representando el 18,9% de la economía global frente al 15,4% de Estados Unidos.

Frente a estas estrategias metódicas, Estados Unidos ha jugado una partida de póker geopolítico, basada en engaños, apuestas agresivas y gestión reactiva de crisis. La administración Obama inició el «giro hacia Asia» en 2012, una apuesta por contener a China que no funcionó muy bien. La administración Trump elevó la apuesta con una guerra comercial contra Beijing en 2018, imponiendo aranceles sobre 350.000 millones de dólares en importaciones chinas, una finta destinada a forzar la sumisión que China simplemente ignoró, respondiendo con medidas proporcionales mientras aceleraba su autonomía tecnológica. La retirada desordenada de Afganistán en 2021 mostró las cartas estadounidenses: un jugador sobre-extendido, incapaz de mantener múltiples apuestas simultáneamente. Las sanciones contra Rusia, aunque masivas, constituyeron otra apuesta alta donde Occidente fue por Moscú y Beijing, quienes desarrollaron mecanismos de evasión y sustitución.
El resultado es un Estados Unidos que ha quemado su credibilidad y liderazgo, cayendo su aprobación global del 64% en 2016 al 30% en 2023, mientras el dólar pierde participación como moneda de reserva global (58% en 2023 frente a 73% en 2001). Socialmente dividido (80% de ciudadanos reportan conflictos políticos agudos), económicamente sobre-endeudado (deuda pública de 34 billones, 123% del PIB) y estratégicamente sobre-extendido, Estados Unidos representa el jugador de póker que apostó demasiado fuerte con malas cartas. Obsérvese que hasta ahora no hablo de Europa porque no tiene estrategia exterior independiente de Estados Unidos.
Podemos plantear metafóricamente que la colisión de estos tres juegos ha producido el mundo multipolar actual, donde el Sur Global ejerce una acción sin precedentes. Naciones como India, Brasil, Turquía, Arabia Saudí e Indonesia se han convertido en jugadores independientes que negocian con todos los bandos, aprovechando las competencias entre potencias. Los BRICS expandidos representan el 46% de la población mundial, más del 36% del PIB global y controlan el 44% de la producción petrolera mundial. El comercio SurSur crece al 3,8% anual, comparado con 2,2% para el comercio Norte-Norte, reflejando la reorientación de los flujos económicos globales fuera del control occidental.
Este reacomodo mundial muestra la superioridad estratégica del ajedrez ruso y especialmente del go chino sobre el póker estadounidense. Mientras Moscú y Beijing utilizan juegos de estrategia posicional a largo plazo, Washington ha malgastado su ventaja inicial en apuestas tácticas a corto plazo. El resultado es un mundo donde el poder se ha redistribuido irreversiblemente, y donde la capacidad de Estados Unidos para dictar los términos del juego global se ha evaporado. La partida continúa, pero las reglas ya no las escribe Occidente, y los jugadores que comprendieron la naturaleza profunda del juego -la paciencia del go, la precisión del ajedrez- están definiendo el nuevo orden emergente.
Pero este somero y metafórico análisis quedaría inconcluso si no incluimos la creciente escalada militar de la administración Trump contra Venezuela la cual re presenta un punto crítico en las relaciones internacionales contemporáneas, donde se ejemplifica claramente la colisión entre las diferentes mentalidades estratégicas globales. Mientras Estados Unidos actúa bajo una lógica de póker geopolítico -con tretas, fintas y engaños, apuestas agresivas y gestión reactiva de crisis-, Venezuela ha respondido con una estrategia que combina elementos del ajedrez ruso (movimientos calculados y alianzas asimétricas) y del go chino (paciencia estratégica y defensa multidimensional), todo dentro de un contexto de creciente mundo multipolar donde las agresiones unilaterales ya no quedan sin respuesta internacional.
No voy a repetir los datos del despliegue militar bufonesco que la administración Trump ha hecho sin precedentes en el Caribe, claramente posicionado cerca de aguas venezolanas. Ni sus estúpidos pretextos ni acusaciones. Ni como los argumentos gringos se desmoronan ante los propios informes de la ONU. Ni tampoco voy a comentar las ya casi diarias interferencias y amenazas hacia Venezuela que se llevaron por los cachos toda las ordenanzas y el derecho internacional. Lo más interesante aquí y es lo que quiero profundizar es la respuesta estratégica de Venezuela que trasciende la mera confrontación militar y que se viene desarrollando desde hace años. Recordemos que otro país sometido a lo que nos han sometidos desde hace años ya estaría de rodillas, nosotros no.

El gobierno venezolano ha activado mecanismos de defensa soberana, incluyendo la movilización de milicias populares que según reportes alcanzan aproximadamente 4.5 millones de ciudadanos, aunque ya se han inscrito más de 8 millones (me pregunto qué país del mundo logra una inscripción tan rápida de un tal contingente humano). La Fuerza Aérea Venezolana ha realizado vuelos de vigilancia sobre buques estadounidenses, demostrando capacidad de disuasión y control de su espacio soberano. Además, mediáticamente se ha ido mostrando la calidad del equipamiento militar que posee Venezuela, la cual desde la visión estratégica del Presidente Chávez se ha ido abasteciendo de diferentes tecnologías, tanto rusas, como chinas e iraníes que muestran a los gringos que no va a ser fácil una agresión militar.
A pesar de la retórica belicista de Washington, Venezuela ha mantenido consistentemente no solamente una postura abierta al diálogo si no una postura muy seria y diametralmente diferente a las declaraciones cantinfléricas de Trump y las de sus aliados en América Latina. La agresión estadounidense ha generado rechazo significativo en la región. Gobiernos como el de Brasil y Colombia ahora se han unido para exigir respeto a la soberanía venezolana.
Venezuela viene resistiendo desde hace más de una década una guerra híbrida que combinaba sanciones económicas, presión diplomática y operaciones de desestabilización interna. A pesar de una contracción económica del 80% del PIB desde 2013 (comparable a países en guerra), el país ha mantenido su soberanía y ha desarrollado mecanismos de resistencia que incluyen alianzas estratégicas con Rusia, China y otros países BRICS que le han permitido sortear el bloqueo financiero y comercial. Venezuela considero que está jugando simultáneamente partidas de ajedrez y go frente al póker estadounidense.
Como jugador de ajedrez Venezuela ha hecho movimientos calculados como los vuelos de sus F-16 sobre buques estadounidenses, demostrando capacidad de respuesta inmediata sin escalar al conflicto abierto. Sus alianzas con Rusia y China funcionan como piezas de valor estratégico que disuaden una agresión mayor.
Como jugador de go Venezuela está desarrollando una partida de larga paciencia estratégica, tejiendo alianzas regionales e internacionales que gradualmente rodean y aíslan la posición estadounidense. La movilización de millones de ciudadanos representa una pieza de resistencia civil que crea un territorio soberano imposible de conquistar sin costos prohibitivos.
Frente al póker estadounidense Venezuela no ha mordido los cebos de la provocación, reconociendo que las apuestas agresivas de Trump (como el ataque al peñero o los despliegues militares) son en parte ardides destinados a forzar una rendición o una crisis interna sin costo político doméstico para Washington. Al mantener la calma y buscar diálogo, Venezuela expone la debilidad estratégica de la posición estadounidense.
La crisis actual demuestra que el mundo unipolar liderado por Estados Unidos pertenece al pasado. Venezuela, a pesar de sus enormes desafíos internos, ejemplifica cómo las naciones del Sur Global pueden resistir la coerción mediante estrategias multidimensionales que combinan legitimidad soberana basada en el derecho internacional; resiliencia civil mediante la movilización popular; diplomacia inteligente que aprovecha las divisiones internacionales y alianzas estratégicas con potencias alternativas.
La amenaza militar de Trump contra Venezuela seguramente continuará en forma de presiones escalonadas y operaciones limitadas, pero es improbable que derive en una invasión a gran escala debido a los costos prohibitivos que implicaría y la falta de apoyo internacional. Venezuela ha demostrado que, en el tablero multipolar actual, incluso los actores más presionados pueden ejercer una acción estratégica y resistir la coerción de las potencias tradicionales mediante una combinación de resistencia civil, astucia diplomática y paciencia estratégica.
La lección fundamental es que el unilateralismo agresivo ya no funciona en el mundo multipolar emergente. Estados Unidos aparece cada vez más como un “animal herido” que patalea con bravuconería, pero no logra imponer su voluntad (no lo logra hacer ni con su monstruo nazi sionista) sobre naciones que comprenden y aplican mejor las reglas de los juegos estratégicos globales.

