LUIS BRITTO GARCÍA
RNCC / FOTO CORTESÍA

Degollar al prójimo es acto desagradable que requiere la coartada de la justificación y el alegato de que beneficia a la víctima.

“¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”, responde Caín al Eterno cuando éste le objeta haber asesinado a Abel. Nadie queda mal desde que se inventaron las excusas.

A partir de allí, son tantos los homicidios, que se ha perdido la cuenta y se conmemoran apenas los ejecutados con algún pretexto ridículo.

Ochenta millones de antepasados originarios fueron inmolados con la beneficiosa excusa de enseñarles catecismo, y más de doce millones de africanos secuestrados como esclavos, de los cuales la mitad no sobrevivieron.

Entre 1812 y 1823, el comodoro Stewart, de la Marina de Guerra estadounidense, actúa como espía en América Latina a favor de España, y en nombre de la libertad de comercio escolta las flotillas de mercantes norteamericanos que contrabandean armas para favorecer a los realistas.

En 1826 Estados Unidos se opone mediante sus agentes diplomáticos a la celebración del Congreso Anfictiónico de Panamá. Henry Allen, emisario ante el gobierno de Chile, alega que “semejante asamblea sería prematura y no produciría ningún bien”.

En 1840 México da la bienvenida a colonos de Estados Unidos, pero les prohíbe introducir esclavos. Ocho años después los estadounidenses roban a la nación azteca más de la mitad de su territorio con el humanitario propósito de restablecer en ella la esclavitud.

 En 1856 el filibustero yanki William Walker invade Nicaragua con una tropa de mercenarios, y se declara presidente para monopolizar el tráfico terrestre interoceánico entre la costa caribeña y la del Pacífico en dicho país. Estados Unidos reconoce de inmediato su dictadura porque reinstaura la abolida esclavitud.

En 1898 Estados Unidos, para vengar la voladura del acorazado Maine en el puerto de La Habana, se entromete en la Guerra de Independencia de Cuba e instala un gobierno de ocupación encabezado por Leonard Wood. Mediante la Ley Foraker, los yankis imponen el libre comercio entre la isla y los invasores, la adopción de su moneda y de un sistema electoral que reserva el voto para varones alfabetizados y ricos. Las leyes de la Asamblea así elegida no valen sin la aprobación del Congreso estadounidense. Los marines también asaltan Puerto Rico y lo rebajan a “Estado Libre Asociado”. En realidad, la marinería del Maine abandonó el buque antes de la explosión, y posterior experticia revela que el estallido fue interno, es decir, causado por su propia tripulación.

En 1902 quince acorazados de Alemania, Inglaterra e Italia bloquean Venezuela, destruyen nuestras endebles embarcaciones, bombardean y saquean ciudades. Cien mil voluntarios se alistan para defender la patria. Con la excusa de aplicar la Doctrina Monroe, Estados Unidos asume la potestad de decidir en definitiva las reclamaciones extracontinentales que se entablen contra nuestros países. Entre 1902 y 1903 el presidente Theodore Roosevelt adquiere la concesión francesa para un canal en el istmo, envía sus acorazados para impedir a los colombianos que estorben la secesión de Panamá, impone el tratado Hay-Buneau-Vanilla para construir la vía e inicia interminable ocupación militar con el pretexto “Mientras el Congreso discutía, yo tomé Panamá”.

En 1904, acorazados de Alemania, Francia, Italia y Holanda bloquean República Dominicana y amenazan ocuparla en reclamo de deudas. Con tal excusa Roosevelt añade a la doctrina Monroe el corolario según el cual EEUU invadirá los países latinoamericanos que no cancelen sus débitos a los europeos.

¿Cuántos volúmenes requeriría el mero censo de las agresiones estadounidenses contra Haití, Cuba, República Dominicana, Guatemala, Honduras, Salvador, Nicaragua, Panamá, Granada, Venezuela, todas con la coartada del anticomunismo y la intención de pillarnos riquezas?

En 1917 Estados Unidos entra en la Primera Guerra Mundial, alegando que Alemania injustificadamente hundió su trasatlántico Lusitania. Bajo su cobertura de nave de pasajeros, el Lusitania transportaba demoledor cargamento de armas, municiones y explosivos para los Aliados, violando así el status de neutralidad e iniciando una injerencia que terminaría por hacer de Europa un continente subordinado a los estadounidenses.

En 1918 el presidente Woodrow Wilson formula los “catorce puntos” que considera indispensables para concluir la guerra y fundamentar la paz: celebración de acuerdos públicos, libre navegación de los océanos, supresión de las barreras aduanales, la constitución de la Sociedad de las Naciones, y medidas sobre Alsacia Lorena, Bélgica, Rumania, Serbia, Balcanes y Turquía.

En 1941, Estados Unidos entra en la Segunda Guerra Mundial, pretextando vengarse del bombardeo por los japoneses de su base militar en Pearl Harbor. Pero la potencia norteña mantenía contra Japón un cerrado bloqueo para impedirle la importación de acero y energía fósil, indispensables para su industria y sus armamentos. Numerosos informes de inteligencia militar advertían la posibilidad de un ataque contra la citada base, pese a lo cual las autoridades no trasladaron los viejos buques surtos en ella ni tomaron la menor iniciativa para defenderla, pues era más valiosa como pretexto para entrar en guerra.

El 11 de septiembre de 2002 dos aviones acometen las Torres Gemelas del World Trade Center, las cuales se derruyen en lo que parece una demolición controlada, que asimismo derriba un edificio vecino no tocado ni por una brisa. Estados Unidos declara la guerra a los países del Medio Oriente casualmente ricos en hidrocarburos. En el caso de Irak, el pretexto son armas de destrucción masiva, que después de destruido dicho país, misteriosamente no aparecieron.

En agosto de 2025, Estados Unidos concentra en el Caribe superpoderosa flota de nueve acorazados, 4.500 efectivos, submarino nuclear e incontables cazabombarderos con el heroico objetivo de destruir sin dejar rastros un botecito de madera de cinco metros de eslora por presumir que transporta narcóticos, a pesar de que tras las costas caribeñas no hay droga, sino la mayor reserva de hidrocarburos y de oro del planeta.

El lector debería ponerles el dedito en la boca, a ver si muerden.

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