MIGUEL POSANI
RNCC / FOTO CORTESÍA

Sin duda, el panorama internacional ofrece muchos motivos de desconcierto y preocupación, pero no hay duda de que el sistema imperialista contemporáneo hasta hace poco dirigido sin discusión por los Estados Unidos experimenta una crisis impresionante que evidencia su fase decadente.

 Esta etapa se caracteriza por la pérdida de la hegemonía indiscutida de los Estados Unidos y sus aliados del norte (con Europa, totalmente sometida a los designios de Estados Unidos), el surgimiento de potencias como China y Rusia, y la descomposición interna de las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que sostuvieron su dominación durante décadas. En este contexto, Trump es un síntoma de la decadencia, como lo fue Nerón en su tiempo.

 Este fenómeno histórico encuentra paralelos significativos en procesos de decadencia imperial anteriores, particularmente en la caída del Imperio Romano. El estudio comparativo de estas decadencias ofrece perspectivas importantes sobre las dinámicas que actualmente configuran el orden global en transición hacia un modelo posiblemente multipolar, pero también potencialmente más inestable y conflictivo.

La crisis orgánica del imperialismo actual se manifiesta en su incapacidad para mantener la legitimidad de su liderazgo, la eficacia de sus instituciones financieras y de gobernanza, así como la cohesión de su bloque histórico de poder, que hoy luce fragmentado. Esta decadencia abre espacio para la emergencia de proyectos disruptivos como los BRICS, que desafían abiertamente la hegemonía occidental. Al mismo tiempo, el imperialismo responde con una agresividad militar renovada y una transformación hacia lo que algunos teóricos denominan «hiperimperialismo», una fase de exacerbación de las características imperialistas tradicionales, sometiendo a otras potencias otrora imperiales, pero con una base material erosionada. Ejemplo simbólico fue la última reunión de Trump con los representantes de la unión europea, castigados frente a él, como en un salón de clases.

La decadencia imperial puede conceptualizarse como una fase de declive relativo o absoluto en la capacidad de una potencia hegemónica para mantener su posición dominante en el sistema internacional, ejercer influencia sobre otros actores y reproducir las condiciones de su propia preeminencia económica, política e ideológica.

Implica una crisis de soberanía a escala sistémica, donde ya no puede establecer efectivamente las reglas del juego ni resolver las contradicciones que amenazan la estabilidad del orden que lidera. Ya no sirven prácticamente 100 años de industria cultural dominante (Hollywood) que recalcitrantemente y de forma casi hipnótica ha mostrado siempre el ilusorio sueño americano” como ideal civilizatorio. Ya Estados Unidos no es el ombligo del mundo.

Esta es una nueva etapa decadente y peligrosa donde el norte, liderado por Estados Unidos, ha completado la subordinación económica, política y militar de otros países imperialistas, (Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, etc.) consolidando un bloque integrado y militarmente centrado cuyo objetivo es mantener el control sobre el sur global. Pero esta mayor integración también implica una mayor fragilidad del proyecto imperialista contemporáneo.

Una característica fundamental del imperialismo decadente contemporáneo es su creciente dependencia de la esfera financiera en detrimento de la producción material. Este proceso representa una forma de capitalismo parasitario donde la acumulación ocurre predominantemente a través de circuitos financieros especulativos y no a través de la producción de bienes y servicios reales. Este fenómeno encuentra paralelos interesantes con la decadencia romana, donde el Imperio experimentó una progresiva crisis y «ruralización» de su economía, junto con una creciente dependencia de tributos y botines de guerra en vez de una producción interna dinámica. La moneda romana, el denario, fue devaluada repetidamente (llegando a tener un contenido de plata casi nulo) para financiar los enormes gastos del estado y el ejército, generando una inflación galopante que destruyó el ahorro y el comercio a larga distancia. El Imperio Romano tardío enfrentó presiones económicas severas y una carga fiscal asfixiante sobre las poblaciones sujetas, problemas análogos a las actuales dinámicas de endeudamiento masivo y austeridad.

El imperialismo decadente contemporáneo enfrenta un desafío sin precedentes a sus instituciones financieras internacionales (FMI, Banco Mundial, OMC) y a la hegemonía del dólar como moneda de reserva global. Los BRICS y otras realidades emergentes han creado instituciones financieras alternativas mientras avanzan aceleradamente en procesos de comercio en monedas nacionales que evitan el uso del dólar.

Sin duda, este proceso de desdolarización erosiona una de las bases fundamentales del poder imperial estadounidense: su privilegio exorbitante de poder financiar su déficit emitiendo la moneda que sirve como activo de reserva global. La decadencia del Imperio Romano también involucró una crisis de confianza y una fragmentación de los espacios económicos integrados, con economías regionales cada vez más autárquicas y desconectadas del centro. El Edicto de Precios de Diocleciano (301 d.C.) fue un intento desesperado y fallido de controlar la inflación y centralizar la economía, demostrando la incapacidad del estado para gestionar la crisis.

Por otra parte, el imperialismo contemporáneo exhibe claros síntomas de “sobre extensión estratégica”, con compromisos militares globales que exceden su capacidad material para sostenerlos indefinidamente. El historiador Paul Kennedy acuñó el término «sobre extensión imperial» para describir esta dinámica.

 Sin duda los Estados Unidos, aún si es la potencia que tiene más bases militares en el exterior, han perdido la supremacía militar que tenían como resultado, en lo fundamental, de su declive económico. A pesar de contar con el mayor presupuesto militar global, Estados Unidos no ha conseguido ganar una sola guerra en décadas recientes, desde Vietnam hasta Afganistán, Irak, Siria y ahora Ucrania. Además, está rezagado, por ejemplo, no ha logrado crear misiles hipersónicos y hoy por hoy, por más propaganda que hagan, no logran convencer de su supremacía tecnológica en la guerra de inteligencias artificiales frente a China, y ni con India que le pisa los talones.

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