REYNALDO MUJICA MENDOZA
RNCC
El inicio de clases del período académico 2026-I no fue un lunes cualquiera. Durante días, el profesor Jacksson Jean Carlos me había insistido en la necesidad de redactar el artículo de bienvenida para la página oficial del Programa Ciencias Sociales y Económicas. Debía saldar una deuda pendiente desde el semestre pasado, así que, entre la calma del fin de semana y el silencio de la noche dominical, me senté a escribir para que el lunes mis estudiantes encontraran ese mensaje de aliento en la web. No sabía que, mientras yo cumplía con mi deber docente, la Gaceta Oficial ya estaba firmada e impresa, cambiando mi destino para siempre.
Una llamada de John Carlos, a las 9:13 minutos de la mañana, interrumpió la rutina: “Ciudadano Vicerrector, lo felicito, ya salió la Gaceta”. Me sentí en paz. Mientras la noticia se propagaba como pólvora en mi amado San Carlos, un pueblo que si algo tiene, es que es comunicativo hasta la médula, yo seguía allí, en la oficina, atendiendo estudiantes y realizando inscripciones extemporáneas. Entre felicitaciones y abrazos en el programa, la realidad se asentaba: el hijo de una secretaria y de un obrero educacional estaba llamado a llevar las riendas de la universidad más grande, y más importante de todo el estado Cojedes.
El viaje a Barinas fue una odisea de lealtad. Me mandaron con “tres loquitos leales” para que me cuidaran, con viáticos mínimos pero con el corazón hinchado de honor. Al llegar al Rectorado de la UNELLEZ, la majestuosidad del lugar rebasó mi expectativa. Me decían que debía estar asustado, que era normal sentir el peso del cargo, que no lo ocultara, pero yo no podía mentir: ¡me sentía imperturbable! No era arrogancia, era la certeza de que estaba en mi lugar favorito en el mundo, el lugar donde yo soy feliz.
Sin embargo, el protocolo tiene sus propias grietas por donde se filtra el alma. Durante el acto de juramentación e investidura, en el Hall del Rectorado, mientras leían mi semblanza curricular, mencionando el doctorado, las maestrías, los honores, mi faceta de poeta y de actor de teatro, sentí que faltaba lo esencial. Faltaba decir que quien se paraba frente a ese estrado, era el hijo de una mujer que sacrificó un título universitario para ser madre y esposa; el hijo de un obrero que, por una vergüenza noble, cuando niño me ocultó que no terminó la primaria para no sentirse menos que su hijo que ya iba para sexto grado.
Me tocó el turno de jurar frente a la Rectora Katiuska del Carmen, y rompí el protocolo. Le quité el micrófono. No pude solo decir “lo juro”. Las emociones contenidas desde noviembre-2025 por fin estallaron. Lloré, sí, lloré. Lloré con la fuerza de quien sabe que su ascenso es el ascenso de su clase social. Joneidy Carolina, en un gesto de madre académica, fue mi columna en ese instante, sosteniéndome para no caer ante lo abrumador del momento. Fue como asistir a un acto de grado en una octava superior, un rito exclusivo para cinco almas bendecidas y reunidas por la historia.
Tras las fotos, las cámaras, las felicitaciones y la rueda de prensa, el hambre nos llevó al comedor. No hubo mesas reservadas ni tratos especiales, hicimos la cola atrás de casi cien estudiantes, como uno más. Allí, con la bandeja, la taza y el vaso de metal que me transportaron de inmediato a mi primaria en la escuela básica “Carlos Vilorio” de la avenida Ricaurte, ocurrió la magia. A alguien se le cayó un vaso y, de inmediato, el comedor estalló en ese grito ancestral de la universidad: “¡Nuevo, nuevo, nuevo!”
Sin pensarlo, en una sinergia perfecta con la vida, comencé a golpear mi bandeja con los cubiertos al ritmo del coro, igual que la Rectora, una mujer de carácter fuerte pero con una humildad que desarma. Después del chalequeo ella levantó su mano y la chocó con la mía en un “high five” que selló nuestro pacto.

