La flota patriota toma la isla Fajardo, una proeza fluvial enmarcada en los planes sobre el control del río Orinoco
WILLIAM GARCÍA
RNCC / FOTOS CORTESÍA
La batalla fluvial más significativa de la gesta independentista suramericana se convierte en la proeza que pone fin al dominio español en las aguas del Orinoco. A pesar de estar lo suficientemente documentada por sus propios protagonistas y de haber sido abordada por historiadores navales, su contundencia no ha logrado alcanzar la justa dimensión de su trascendencia en la liberación de la provincia de Guayana. El heroísmo de la Batalla Fluvial del Cabrián no se ha posicionado en la conciencia histórica del venezolano.
El diario de operaciones y la correspondencia epistolar demuestran como en todo momento se requirió de la fuerza marítima para enfrentar a la poderosa flota en la provincia de Guayana. Esto lo expuso Simón Bolívar y lo comprendió Manuel Piar, quien dirige varias comunicaciones en solicitud de la escuadra para reforzar sus meteóricas operaciones militares emprendidas en lo que se conoce como la segunda fase de la campaña libertadora de Guayana. Tanto el decreto del bloqueo emitido el 4 de enero como la Patente de Corso aprobada el 4 de marzo de 1817 en el Cuartel General de Barcelona, instrumentos legales en la visión prospectiva del Libertador, serán de gran incidencia para el logro de los objetivos para la épica fluvial en el Orinoco.
En cierto modo, luego de San Félix, Piar realizó ataques infructuosos a las dos fortalezas de la Vieja Guayana el 18 de abril y posteriormente el 25 de ese mes, al fuerte de San Gabriel en Angostura. Pero es Simón Bolívar, quien al asumir el mando directo de la campaña en su tercera y definitiva fase, quien produce un giro determinante, al dar instrucciones para que se construyeran embarcaciones con la cuales aumentan la fuerza sutil requerida para realizar los asaltos anfibios a los apostaderos de Fajardo y el Borbón.
El historiador Vicente Lecuna en el Tomo II de su obra “Crónica razonada de las guerras de Bolívar” publicada en Nueva York, sostiene (1950, p. 37) que la misión encomendada “al capitán Rafael Rodríguez era la de reunir en el apostadero de la vuelta del Torno, 28 leguas más arriba de Angostura, las embarcaciones menores hasta entonces ocultas en los caños, cortar las comunicaciones de los españoles con el Apure, y sostenerse ínterin fuera reforzado con otros elementos”.
Mientras que el Capitán de Navío Ignacio Buznego Escobar en el libro “Luis Brión. El primer protector de América”, editado en Caracas (2021, p.77) agrega que “la flota sutil logró, en menos de dos meses, corta la comunicación de los españoles apostados en Angostura con el Apure. El asalto y la toma de la isla Fajardo así como el ataque y la toma del apostadero de Borbón imposibilitaron a los realistas cualquier contacto con el interior del país”.
A estas operaciones exitosas se suman las maniobras, también instruidas por el Libertador, de construir en la ensenada del Cabrián, un fuerte que llevaría el nombre de Brión, cuya obra sería asignada al general Juan Bautista Arismendi y ejecutada por el ingeniero Passoni. Por su parte, Rafael María Baralt y Ramón Díaz en el Tomo II de la referencial obra “Resumen de la Historia de Venezuela” (2016, p. 457), señalan que Brion “salió de Pampatar, llevando al Libertador lo único que necesitaba para rendir a Guayana, es decir, la escuadra de su mando y la escuadrilla sutil que regía el valiente margariteño Antonio Díaz”.
Con el bloqueo fluvial de extremo a extremo en el Orinoco, era “imposible a los realistas sostenerse más tiempo en aquellos parajes, sin esperanza de socorros terrestres, interceptada la comunicación marítima y devorados por una hambre extrema” (Ibídem. Baralt y Díaz. 2016, p. 460).

El 15 de julio es un día crucial para la campaña de Guayana. Mientras el Almirante Brión llega a la ensenada del Cabrián y la fortifica con una artillería que trae en sus barcos, previamente solicitada por Bolívar, los españoles realizan una Junta de Guerra para determinar el destino de la corona en la provincia, en la cual deciden evacuarla. Hecho que se consuma el 17 de julio a primeras horas de la mañana, cuando sale 30 barcos de su rada. De inmediato el general José Francisco Bermúdez se apodera de la fortaleza y hace ondear por vez primera, el pabellón tricolor.
El mismo Sevilla deja constancia de que cuando llegan el 20 de julio de 1817 a los castillos de la Vieja Guayana, ya estaban bloqueados por agua y por tierra, productos de maniobras empleadas” (1916, p. 162).
Más adelante afirma que “el Brigadier La Torre había resuelto en su fuero interno la retirada de todos a las fortalezas de la antigua Guayana, donde esperaba encontrar recursos suficientes, hasta que llegara Morillo o los víveres de las colonias” (1916, p. 177).
Esto lo corrobora Lecuna (1950, p. 51) al sostener que “se resolvió armar en guerra con piezas de artillería de las 12 existentes en la fortaleza, algunos de los buques de transporte y para esto precisaba construir las cureñas correspondientes. Por este motivo, y la esperanza de recibir refuerzos de Morillo, el convoy se detuvo 14 días”.
Lo anterior no deja lugar a dudas que la salida de Angostura no significó una retirada absoluta, sino que por objetivo esperar los castillos de Guayana el refuerzo de Pablo Morillo o el auxilio de las colonias caribeñas. En todo momento, los realistas estuvieron prestos a seguir resistiendo. De no haber sucedido este cerco, bien podrían abastecerse o esperar apoyo externo, tal como era el propósito. Por lo que resulta imposible desestimar las acciones fluviales ejecutadas y libradas entre abril y agosto de 1817. En todo caso, los españoles hubieran aceptado la capitulación ofrecida por Simón Bolívar en la proclama dictada el 31 de julio de 1817 en su cuartel General de Casacoima.
EL TESTIMONIO DE LOS PROTAGONISTAS
Dos testigos de primera mano, como lo son el Almirante Luís Brión, Comandante de la escuadra republicana y el Capitán Rafael Sevilla, sobrino del general Pascual Enrile, Jefe de la flota realista y segundo al mando del ejército expedicionario enviado a la reconquista de América en 1815, dejan para la posteridad el relato del combate fluvial más determinante de la gesta emancipadora en Suramérica.
La narración de Brión procede del parte que remite a Simón Bolívar el 28 de agosto de 1817, y el cual es inserto en el Tomo I de la compilación del Contralmirante Manuel Díaz Ugueto, denominada “Documentos del Almirante Brión”, editada por el Congreso de la República en 1982.
El parte, aunque plasmado en forma muy breve apunta que el 3 de agosto los buques se acercaban hasta el puerto de Guayana en observación. Aquel día a las diez de la mañana la Escuadra enemiga dio la vela en número de 28 buques, la mayor parte mayores, evacuando la plaza y fortalezas de Guayana la vieja. Al tiempo mismo que se observó un movimiento del enemigo tuve la satisfacción de ver llegar e incorporarse conmigo al Capitán de Fragata Antonio Rosales, reunido con dos buques de los dispersos en la noche del temporal. Díaz Ugueto. (1982, p. 278).
Su testimonio coincide con el de Sevilla, cuando expresa que “el enemigo estuvo al frente de nuestro fuerte a las once y media. Rompieron éste y nuestros buques el fuego, que no contestó el enemigo ocupado sólo en sus maniobras para bajar. Tuvimos la fortuna de introducir algunas balas a bordo de la fragata y fue atravesada de popa a proa, y perdió algunos hombres muertos y heridos. A la una de la tarde dio nuestra Escuadra la vela en persecución de la enemiga”. (Ibídem. Díaz Ugueto. 1982, p. 278).
Mientras que Sevilla, por tratarse de una obra para la cual dispuso el tiempo suficiente de reconstruir el relato, a lo que se suma a su privilegiada posición de tener acceso a los documentos y a reuniones en las que se decidieron las estrategias del Ejército Español, hace una descripción más pormenorizada en las “Memorias de un oficial del Ejército Español. Campañas contra Bolívar y los separatistas de América, publicadas en Puerto Rico en 1877 y luego por Biblioteca Ayacucho en Madrid, España en 1916.
La narración de Sevilla ofrece detalles puntuales sobre la estrategia naval empleada por Simón Bolívar y Luis Brión en la ensenada del Cabrián. Al respecto comenta: “los enemigos nos tenían ya tan cercados como en Guayana. Por tierra no había que pensar en hacer salidas, pues Bolívar había trasladado todas sus fuerzas a aquel punto. Por el río estábamos peor: no sólo la escuadrilla que mandaba el cabecilla Cabeza de Gato, se había situado a parte de arriba del Orinoco y a tiro, sino que por abajo había llegado la que dirigía el terrible corsario Brión, que había venido de la Margarita” (1916, p. 182).
El 3 de agosto en la mañana zarparon las naves realistas para romper el bloqueo, dispuestos a enfrentar combate. Las acciones se llevaron a cabo en coordinación con las fuerzas de tierra al mando de Simón Bolívar. El oficial español sostiene que “a las diez de la mañana los patriotas le invitaban al combate y a la una se encontraron con toda la escuadra de Brión que se les venía encima. Destaca que su línea de batalla abarcaba todo el ancho del río. Narra en primera persona: “pero cuando nos juzgamos enteramente perdidos, fue al divisar, además de esto, un ejército en tierra que con una formidable batería nos esperaba en la ribera para acabarnos”. Sevilla (1916, p. 186).
Se trataba de un dispositivo prácticamente impenetrable. Sin embargo, acota que “en momentos supremos como éste, la audacia sola es la que suele ser puerto de salvación. Como nuestros buques eran en número de 18 y estaban literalmente cubiertos de gente, Latorre, después de conferenciar con Lizarra, comprendió que podía sacar partido de esta circunstancia” (Ibídem. Sevilla. 1916, p. 186).

Pero lo que despeja la versión que se ha pretendido imponer, de una huida sin combate, es cuando La Torre toma la bocina, de modo que amigos y enemigos le pudiesen oír, da la orden de “fuego, y al abordaje, muchachos, que son pocos y cobardes”. En ese instante expone Sevilla: “nuestros cañones empezaron a tronar, y empavesando los barcos con todas las velas y favorecidos por la corriente, nos lanzamos a romper la línea” (p. 186).
El término “empavesar los barcos” se refiere a subir todas las velas y tomar una decisión definitiva, sin vuelta atrás, para enfrentar un desafío, lo que implica una decisión radical de eliminar la opción de retroceder. El combate en la ensenada del Cabrián era inminente. Pero la experiencia naval de Brión hace que éste repliegue la flota hasta la orilla y le deje un espacio abierto en medio del río.
En efecto, Sevilla prosigue el relato y dice que “ante esta actitud resuelta, la escuadrilla de Brión se acoderó bajo la protección de la batería terrestre” (p. 186). La palabra acoderar en el arte marítimo se refiere al uso de cabos llamados “coderas” para estabilizar las embarcaciones y mantenerlas en una dirección determinada, anclando el barco en una posición específica, evitando que se mueva con las corrientes del rìo o del viento.
Añade el oficial realista que les dejaron el paso libre, pero desde la improvisada fortaleza y de los buques de guerra los “enemigos rompieron sobre nosotros un fuego de cañón terrible. Entonces, el bravo comandante de la Marina, Lizarra, mandó que los barcos nos pusiésemos en proa para el enemigo, mientras los demás, con el núcleo de la emigración se deslizaban por las popas, y que no hiciesen fuego ínterin no lo hiciese la corbeta. La metralla nos destrozaba las arboladuras, velámenes y obras muertas, y nos diezmaba” (Ibídem. Sevilla. 1916, p. 187).
Precisa Sevilla que al buque “la polacra una bala le cortó la driza, echando al suelo nuestro pabellón, pero acto continuo afirmamos otro. Otra bala de 18, del bergantín Bello Indio, desmontó las seis piezas de estribor de la Capitana, haciendo astillas las cureñas, matando doce hombres, pasándole a Lizarra por entre los muslos y llevándole la carne de uno de ellos” (1916, p. 187).
Al sentirse enteramente perdidos ordenaron el retiro. Sevilla reafirma que “una vez puestas en franquía las embarcaciones menores, viramos y continuamos viaje. Vista esta maniobra, los buques enemigos nos persiguieron a tiro de cañón; a la oración nos cogieron la bombarda Mercante de Málaga, que se había casi varado, y tres o cuatro embarcaciones más. Envueltos en el manto de la noche, se dispersaron todos nuestros buques, tomando cada cual el camino que se le presentó en aquel laberinto de caños o brazos en que se divide el Orinoco cerca del Atlántico” (1916, p. 187).
En el Cabrián las fuerzas combinadas de los patriotas les tomaron los puntos neurálgicos y los dejaron sin capacidad de coordinar una respuesta. Las naves españolas intentaron reaccionar pero el golpe fue devastador. Sus barcos al procurar el avance se ven inmersos en un ataque constante desde las embarcaciones y desde tierra, provocando un nutrido fuego que termina volándoles las arboladuras, es decir, el conjunto de mástiles sobre los cuales se sostienen las velas, penetrando además, el casco de proa a popa e impactando en la tripulación.
Mientras que las fuerzas sutiles del Capitán Rafael Rodríguez atacan por la retaguardia, aprovechando el caos para entrar en combate. Esta estrategia de ataque simultaneó por los tres flancos minó el posible contraataque de la flota realista. La maniobrabilidad de la flotilla y los gritos de guerra de los nativos Caribes en las embarcaciones infundieron aún más, el pánico en la tripulación española. Todo esto puso a la mayoría de las embarcaciones enemigas, fuera de combate. Aisladas y superadas, no les queda otra opción que ordenar franquía.
Luego Lecuna hace una narración sucinta de los combates que siguen en la implacable persecución de aproximadamente 300 Kilometros en las islas Tórtola, Sacupana, Imataca y Boca Grande, con las cuales se expulsa definitivamente a los españoles de las aguas del Orinoco. Brión expresará en carta que remite a sus hermanos, una frase por demás elocuente, al decirles: “después de una difícil campaña de cuatro meses somos ahora dueños de toda la Guayana” (Ibídem. Ugueto. 1982, p. 25).
El referido marino se refería al periplo que comienza en la isla de Margarita y culmina con la célebre victoria del Cabrián. Mientras que Bolívar, acuñará una frase más lapidaria en la correspondencia que dirige el 7 de agosto de 1817 desde la Vieja Guayana al Coronel Leandro Palacios, en donde le expone: !Al fin tengo el gusto de ver libre a Guayana! La capital se nos rindió el 18 del pasado y estas fortalezas el 3 del corriente” (Daniel Florencio O’Leary. Memorias de O’Leary. Caracas. Tomo XXIX. 1887, p. 120-121).
La fuerza marítima realista que se enfrenta en el Cabrián, según Baralt (2016, p. 461) era “de catorce buques armados en guerra, entre ellos una corbeta, ocho goletas y un bergantín, y además seis cañoneras y cuatro flecheras, con 108 cañones entre todos; y tenían además dos bergantines, diez goletas y balandras y otras embarcaciones menores de trasporte. Entre todas llevaban 1.244 marineros y 1.436 soldados; los emigrados de todas edades y sexos estimábanse en 1.800”.
Mientras que el mismo oficial español, Sevilla (1916. P. 182) sostiene que la flota patriota se componía “de dos bergantines armados, tres goletas y muchísimas flecheras, tripuladas cada una hasta por cien hombres”.
LA ARMADA HONRA LA PROEZA FLUVIAL
Para darle mayor realce y reconocimiento a esta proeza fluvial, se crea por Resolución Nº 021498 del Ministerio del Poder Popular para la Defensa en fecha 18 de octubre de 2017, la Medalla Naval “Batalla Fluvial del Cabrián” en su única clase, para enaltecer, premiar y estimular los méritos obtenidos por el personal militar y no militar, unidades y dependencias de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, miembros de las Fuerzas Armadas de otros países y cualquier otra personalidad e institución pública o privada.
A pesar de que nuestra gloriosa Armada concibe a la Batalla del Cabrián dentro los tres combates más importantes de nuestra gesta naval emancipadora, al magnificarla con esta presea y simbolizarla en una de las tres franjas del capelo del uniforme de los marinos venezolanos, el heroísmo de quienes consolidaron la liberación de Guayana y la trascendencia de esta épica fluvial, no han podido tener suficiente resonancia en la conciencia histórica de los venezolanos.

