MIGUEL POSANI
RNCC / FOTO CORTESÍA
Hay una verdad incómoda que la sabiduría antigua y la experiencia moderna se empeñan en repetir: la rabia y la venganza no son armas, sino cadenas. Quien las empuña termina esclavizado por ellas. Dejar de anidar en uno mismo estas emociones no es pasividad ni debilidad; es la forma más lúcida de comprender su absoluta inutilidad.
Escribo esto porque noto constantemente y más ahora después de todos los acontecimientos catastróficos los cuales de una u otra forma se quieren comprender, que conocidos y amigos, de cualquier posición política, filosófica o religiosa, dejándose llevar por estas pasiones se dan a la tarea de justificar de cualquier forma el sentimiento de rabia y venganza que anidan en ellos. No importa si está explicado por las injusticias, la farsa, la frustración o lo inexplicable de la vida. Yo sinceramente estoy cansado de estos sentimientos y actitudes tanto en mi cómo en los demás; la mía es una posición de cansancio que además me advierte que debo cuidar mi salud.
Siempre escucho alguien que dice, buscando una justificación, que “todo se paga en esta vida”, un buen argumento explicativo que puede que te permita seguir viviendo a pesar de las injusticias que percibes y vives, pero si escoges los hechos de la historia ese proverbio muchas veces no es cierto. “Todo lo que han hecho lo pagarán porque todo se paga en esta vida” y siempre terminan pagando los débiles y más los pobres. ¿Hitler que pagó? Y Stalin torturó y fusiló miles de inocentes y murió de viejo, también Pol Pot, que mató millones de camboyanos inocentes murió también de viejo, Kissinger (otra joyita) acaba de morir a los 100 años, y sólo por poner otro ejemplo, el Papa Pablo IV (1559) hombre de crueldad, rigidez y corrupción extremas murió de viejo a los 83 años (y en esa época era un lujo morir a esa edad). Podría seguir “ad infinitum” pero creo son suficientes estos ejemplos.
A veces pienso que este es un argumento para que los pobres sigan aceptando su realidad y se resignen, total qué más da. Además, parece que el tema de la justicia como lo vemos los humanos es una perspectiva que no es absoluta para Dios. Tal vez tiene una perspectiva más compleja y plurívoca que hace aparecer la humana reductiva. Lo dejo a tu reflexión y a tus dogmas.
Pero regresando a la rabia y al odio, dicen que Buda lo expresó con una claridad que duele aún si puede ser un mito: “La ira es como un veneno que nosotros mismos tomamos, esperando que el otro muera”. La imagen es brutalmente precisa. No hay destino en la cólera que no sea el propio cuerpo que la alberga. Quien se enfada bebe el tóxico; quien planea venganza se convierte en su primera víctima.
El “Dhammapada”, un importante texto del budismo, recoge otra enseñanza fundamental: “El odio no cesa con el odio en ningún momento; el odio cesa con la noviolencia. Esta es una ley eterna”. No se trata de un consejo moral blando, sino de una constatación empírica: la espiral de retaliación no tiene fondo. Responder a la agresión con más agresión no resuelve nada, solo perpetúa el ciclo. Como señala el “Akkosa Sutta”, (que significa “el discurso sobre el insulto”), “quien devuelve la ira a un hombre iracundo es peor que el hombre iracundo”. La venganza no te eleva por encima del agresor; te iguala, te rebaja, te convierte en aquello que dices detestar.
Otra imagen atribuida al Buda lo sintetiza con la misma contundencia: “Aferrarse a la ira es como agarrar un carbón ardiente con la intención de arrojarlo a otro; eres tú quien se quema”. La rabia no daña al otro en la medida que daña a quien la sostiene. Es un fuego que devora desde dentro.
Mahatma Gandhi, heredero de esta lucidez, lo formuló en términos análogos: “La ira es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se guarda que a cualquier cosa sobre la que se derrame”. La metáfora del ácido es implacable: corroe lentamente, destruye la estructura que lo contiene, debilita al anfitrión mientras el supuesto destinatario sigue su vida indemne.
San Agustín, por su parte, acuñó una sentencia que resuena: «Aleja de ti toda ira, o trata de controlarla, cuando corrijas las faltas de los demás».
Martin Luther King Jr., en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, afirmó: “El hombre debe evolucionar para todo conflicto humano un método que rechace la venganza, la agresión y la represa lia. El fundamento de tal método es el amor”. King entendió que la venganza no es una solución, sino una repetición. No cierra heridas; las abre de nuevo, en el otro y en uno mismo.
El filósofo estoico Séneca, en su tratado “Sobre la ira”, advertía: “La ira, si no se refrena, es frecuentemente más dañina para nosotros que la ofensa que la provoca”. Y añadía que la ira “no es conveniente ni siquiera en la batalla o en la guerra, porque es propensa a la imprudencia, y mientras busca causar peligro, no se protege contra él”. La pasión ciega, y el ciego no gana guerras.
¿Por qué persistimos en la rabia si es tan inútil? Porque nos da una ilusión de control, de justicia inmediata, de poder. Pero es una ilusión costosa. La rabia y la venganza no cambian el pasado, no disuelven la ofensa, no restauran lo perdido. Solo añaden pérdida a la pérdida, dolor al dolor.
Buda lo dijo de otro modo en el “Dhammapada”: “Me insultó, me golpeó, me robó, me denigró”. Quienes albergan tales pensamientos, en ellos el odio nunca se apacigua. “Me insultó, me golpeó, me robó, me denigró”. En quienes no albergan tales pensamientos, el odio cesa. La clave no está en lo que el otro hizo, sino en lo que uno decide conservar. La ofensa puede ser un hecho; el rencor es una elección.
No anidar la rabia ni la venganza no significa no sentir, no significa tolerar la injusticia. Significa negarse a que el daño recibido se convierta en daño auto infligido. Significa entender que la única victoria posible sobre la ofensa es no dejarse transformar por ella. Como enseña el Buda: Aquel que no devuelve la ira en especie, él solo gana la batalla difícil de ganar. Promueve el bien de ambos: el suyo propio y el del otro”.
La inutilidad de la rabia y la venganza no es una condena moral, es un hecho práctico. No funcionan. No curan. No construyen. No liberan. Solo queman, corroen, envenenan. Y el veneno, siempre, es para quien lo bebe.
Eliminar el odio y la sed de venganza es todo un aprendizaje y lo entiendo, pero tú decides si avanzar o seguir embarrado en el fango.
La ira es la peor de las emociones, nubla toda nuestra mente, la enceguece y nos convierte en monstruos que en instantes generan acciones y comportamientos de los cuales luego nos arrepentimos.
Espero que esto te haga reflexionar profundamente y te saque del camino de la rabia, del odio y la venganza, sinceramente que lo espero, porque lo otro es continuar en tu calvario y sin lámpara que ilumine tu camino, emborrachándote e intoxicándote con emociones que no producen nada bueno. Tú decides.

