ARGIMIRO MELÉNDEZ
RNCC / FOTO CORTESÍA
Dos días antes habían llegado a Campo Alegre comunidad rural que se ubica a tres leguas más allá de la Sierra de Cojedes. El viaje era de negocios y consistía en bajar a la Llana, un bosque natural aledaño al caserío donde abundan los mejores aguacates de la zona y que son silvestres, frutos que la naturaleza brinda a los lugareños, solo con el costo de bajar de la montaña e ir a recogerlos, pero también, competir con las ardillas, los araguatos y otros animales que son los más acérrimos consumidores y defensores de tan irresistible fruta natural.
Igualmente, ellos en su llegada habían sido bien recibidos por la familia y los ubicaron en un Caney de palma Moriche que en casi todas las casas se construyen. Allí guindaron sus hamacas y chinchorros, asimismo los tres burros y el caballo que llevaron, fueron amarrados atrás en el patio. La patrulla eran seis: un baquiano, tres arriesgados hombres y dos jovencitos a quienes invitaron por su gran habilidad para subir a los árboles y tumbar la cosecha.
Esa primera noche el frío fue brutal, solo los efectos del cansancio por el trecho de caminar desde Manrique a Campo Alegre y de la caña clara que libaron les hizo dormir.
De igual forma, desde la madrugada una pertinaz lluvia les dió los buenos días, no era tan fuerte, pero sí continuada y les trastocó los planes.
– ¡Así con ese “chin chin” no podemos bajar hoy! Dijo el Baquiano.
Al rato, muy diligente la señora les ofreció café con un grato sabor y arepas de maíz pila’o, rellenas con un revoltillo de huevos criollos, cuya yema era tan amarilla intensa como el atardecer que habían visto el día anterior.
– ¡…Y pensar que mañana es el día de San Juan, que sí llueve de verdad! Comentó don Anselmo, anfitrión de la casa.
Comieron y empezaron a reunir los sacos y las herramientas que llevarían para la cosecha.
Al mediodía escampó. Y decididos bajaron a la Llana.
Desde arriba no se divisaba bien el colosal monumento que existía en el fondo de esa gran montaña. Era como una densa nube de humo blanco azulado que ocultaba a los árboles, en su mayoría frutales de aguacates que competían con los tamarindos, mamones, guamas, manirotes. Debajo estaban los naranjos, semerucas y granadas que, aunque de menor tamaño sus frutos también eran de gran sabor al gusto de los pájaros que por su festín al comerlos, indicaban a los otros animales donde estaban los maduros, listos para comer.
En una hilera todos muy cerca comenzaron a bajar, pisando siempre donde el Baquiano les indicaba.
-¡Cualquier resbalón, y caer rodando hasta el fondo. Puede significar la muerte! Expresaba el guía.
Cuando llegaron abajo y vieron de cerca a los árboles quedaron boquiabiertas. Era impresionante la carga que los aguacates sostenían: los más abundantes eran los “bolita de chivo”, había por doquier. También, se encontraban “los taparitas”. Más adelante, encontraron una gran fila de aguacates injertos, eran grandísimos, y redondos del tamaño de un melón. De inmediato vaciaron en gran parte de lo recogido y seleccionaron de los nuevos.
El regreso fue tortuoso, subir las montañas con apenas dos o tres docenas de material, resultó muy duro. Pero la pendiente era demasiado inclinada. Llegaron en la tardecita a la casa, pero el Baquiano ya tenía otra propuesta.
Convenció a don Anselmo que le alquilara otros dos burros, la cosecha era excepcional.
Al siguiente día muy temprano el día de San Juan Bautista uno de los socios no estuvo de acuerdo y comenzó a enjalmar los tres burros que inicialmente llevaron. Con ayuda preparó la carga y cerca del mediodía, inició el regreso a Manrique. Sería cerca del mediodía que se despidió. El día estaba claro, sin amenazas de lluvia. Con un mandador en su mano, dijo.
-¡Arre burro! y con disciplina absoluta, ellos le obedecieron.
Por el peso de la carga y el empinado camino, sería como a la una de la tarde, que pasaron por la Sierra de Cojedes. De su alforja sacó agua y limpió su boca seca por la sed. Asimismo, dicen los entendidos que es más fácil salir de La Sierra que llegar. Primero la mayoría del terreno es de bajada, la subida de La Peonía, el Salto del Diablo, son cuesta abajo, hasta llegar a los Chupones.
Ese día las cristalinas aguas, eran sulfurosas y de un color muy oscuro que le llamó la atención. Sin embargo, siguió muy cerca de sus burros. Precisamente después de los chupones, viene la segunda gran cuesta. Allí observó una bandada de pájaros que no volaban en fila como comúnmente lo hacen sino, huían despavoridos. Los burros aceleraron su paso hasta salir también en veloz carrera en la dirección que iban las aves. No les pesó la carga y desaparecieron cerró arriba, dejando al arreador bien atrás.
De igual forma él observó cómo los árboles se mecían por la brisa que anunciaba el gran invierno. Exhausto por el gran esfuerzo por alcanzar sus burros, se tiró al suelo y se persignó, encomendándose a Dios y a la virgen.
Rendido ante tan sorprendente situación, sintió que su cuerpo saltaba, era el efecto de un temblor. De un salto se puso de pie con la intención de seguir adelante y alcanzar su arreo de burros. Subió la cuesta y bajo a la planicie de mundo nuevo, dónde sus burros lo esperaban y pastaban muy apacibles. Se acercó y los acarició, dando gracias a Dios por no perder su carga.
Siguió su camino, pasó por tierra caliente, y llegó casi oscureciendo a Manrique. Allí se enteró del doblete sísmico que se produjo en Venezuela. También, de muchos negocios cerrados, lo que afectaría su gran negocio. Paso un día, dos y muchos más y los aguacates siguieron su proceso de maduración. Entonces en un acto sublime y de buena fé, decidió donar gran parte de la carga a los diferentes movimientos que recolectaban alimentos y enseres.

