MIGUEL POSANI
RNCC / FOTO CORTESÍA

En momentos de crisis, de confusión e incertidumbre, cuando sentimos que no tocamos el piso, cuando lo absurdo se vuelve serio y viceversa, dejando una sensación de hastío y agotamiento, tendemos inconscientemente a aferrarnos a nuestros deseos, nuestras creencias, pensamientos y dogmas sin darnos cuenta de que son una cárcel para nosotros.

Tu cárcel no tiene muros de hormigón. Tiene rejas o gríngolas epistemológicas, éticas, ideológicas y emocionales. Son esas rejas que tú crees que protegen tu jardín, pero que en realidad delimitan todo tu horizonte.

No las ves porque estás demasiado cerca de ellas; las tocas a diario cuando intentas explicar el mundo o discutir con otro, y confundes la frialdad del hierro con la solidez de la verdad, de tu verdad. No te has dado cuenta que la prisión no está afuera. Está en la forma en que tus ojos recortan el paisaje.

Las gríngolas epistemológicas son las rejas más sutiles, la gramática que usas, los axiomas que no cuestionas, los métodos que consideras «racionales». Tu epistemología es una cuadrícula. Si la reja es cuadrada, solo ves cuadrados; si es hexagonal, el mundo se vuelve panal. Crees que estás observando el mundo, pero en realidad solo estás midiendo el tamaño de los huecos entre tus propias barras.

¿Cómo son? Son rígidas, lógicas, secuenciales, dicotómicas. Te dicen que A produce B, que la causa precede al efecto, que el que no ve tu misma evidencia está ciego. Pero la realidad, amiga y amigo, es viscosa, circular y compleja; se escapa por tus rejas como el agua entre los dedos.

Para salir de aquí, no necesitas más datos. Necesitas cambiar de geometría. Y la llave es la humildad cognitiva, aceptar que tu mapa no es el territorio y que la reja es solo una perspectiva, no la ventana definitiva. Salir de aquí a veces se siente como arrancarte la piel, como un sacrificio chamánico.

Las gríngolas éticas son las rejas más calientes. Están forjadas con el acero de la aprobación social, los mandatos de tus ancestros y el miedo al juicio ajeno. Son verticales, rectas, insobornables, te dicen qué está «bien» y qué está “mal” con la contundencia de una sentencia. Pero mira bien, cada barra tiene grabado un nombre—tu madre, tu religión, tu partido, tu tribu.

El problema de estas rejas es que te impiden ver al otro. Ves a través de ellas, pero siempre con un filtro de culpa o de mérito. La ética de la reja es binaria, adentro el bueno, afuera el malo. Hacen que te escandalices del otro pero no de tu doble rasero, no del escándalo que eres.

Colocarte fuera no implica volverte amoral. Implica entender que la moral es un vestuario, no una piel. Salir es observar tu propia indignación como un síntoma, no como una verdad. Es darte permiso para actuar no desde el «deber ser», sino desde la presencia consciente. La ética fuera de la cárcel se parece más a la compasión que al juicio; es un puente, no una barrera.

Pero las rejas más pesadas son las gríngolas ideológicas, porque las llevas colgadas al cuello como medallas. Son las banderas, los ismos, los relatos de salvación o catástrofe. Tu ideología te da una dirección, pero también te pone una venda en los ojos, solo puedes mirar desde tu trinchera. Si eres de izquierda, ves la opresión en cada esquina; si eres de derecha, ves el caos.

La reja ideológica es una lente que distorsiona todo color que no sea el suyo. La trampa es que crees que tu ideología es “pensar”, cuando en realidad es “repetir”.

¿Cómo salir? No cambiando de bando (eso es solo mudarse de celda). La salida es la ironía. Es reírte de tu propia militancia mientras la ejerces. Es habitar la contradicción. Colocarte fuera es entender que la ideología puede ser una herramienta, no una identidad. La usas para cavar, pero no duermes dentro del hoyo.

Finalmente, las gríngolas emocionales no están en tu cabeza, sino en tu vientre, en el pecho, en el nudo de la garganta. Son las más peligrosas porque no las ves con los ojos de la razón, sino que las sientes como si fueran tu propia carne.

Están forjadas con el acero de tus heridas antiguas, el miedo al abandono, la rabia no digerida, la vergüenza que te enseñaron a besar, la ansiedad por el futuro, la nostalgia que endulza el pasado hasta volverlo una celda dorada.

A diferencia de las otras rejas (que son geométricas y argumentables), estas son viscerales y pegajosas. Actúan como resortes, si alguien toca una fibra sensible, la reja se cierra de golpe y te deja sin aliento. Son cíclicas, porque la emoción no razona, se repite como una melodía. Te hace tropezar siempre en la misma piedra, enamorarte del mismo fantasma, huir del mismo ruido. Es la prisión de la memoria encarnada y no te das cuenta, simplemente repites.

Su gran trampa es que te confunden con el prisionero y con el guardia a la vez. Crees que tú sientes ira, pero en realidad la ira te tiene a ti. Crees que eliges amar, pero es el deseo quien elige su reja favorita para encerrarte.

¿Cómo colocarte fuera de estas gríngolas emocionales? No con más razón (la razón es fría y choca contra el hierro caliente sin fundirlo). La llave no es el pensamiento, sino la presencia somática. Es sentir la emoción sin contarla. No decir «tengo miedo» y luego llenar esa frase de argumentos; sino quedarte quieto, sentir el temblor en las piernas, el corazón acelerado, la respiración corta, y no huir. Observar la reja mientras quema, sin apartar la mano.

Colocarte fuera de tu cárcel emocional significa entender que tú no eres la emoción, sino el espacio donde ella ocurre. La rabia es una tormenta que pasa por tu cielo, pero tú eres el cielo, no la tormenta. La tristeza es el peso que dobla las ramas, pero tú eres el árbol que sigue de pie.

Y aquí la paradoja más hermosa, cuando dejas de luchar contra la gringola emocional, cuando dejas de intentar romperla a golpes de voluntad, ella se enfría. Porque las emociones solo tienen poder cuando las resistes o las alimentas. Si simplemente las habitas sin juicio, la reja se vuelve porosa, luego translúcida, y al final descubres que siempre fue una ilusión táctil, un espejismo de tu mente intentando protegerte de un peligro que ya no existe.

Pareciera que la solución es fugarse pero el arte de la fuga es darte cuenta de que todas están sostenidas por el mismo pilar: tu identificación con ellas. Mientras digas “así pienso, así soy”, “así siento, luego existo”, la celda se mantiene firme. La salida es un giro radical de atención, dejar de mirar a través de las rejas para mirar a quien mira. Ese observador silencioso que no piensa, no juzga, no se identifica y no tiembla… ese ya está fuera. Solo que olvidó que nunca entró.

No hay puerta trasera. No hay una “verdad objetiva” esperándote afuera. La libertad no es un lugar; es un estado de observación.

Mira a las rejas y pregúntate: ¿Quién puso esto aquí? ¿Fui yo? ¿Cuándo dejé de ver esto como una herramienta y empecé a verlo como un muro?

Colocarte fuera significa darte cuenta de que el “yo” que observa no es prisionero de las rejas; las rejas son prisioneras de tu observación. Cuando ves una reja, miras también el vacío que la rodea. Ese vacío es tu salida.

La gran paradoja: no tienes que romper las rejas. De hecho, si las rompes, construyes otras con los escombros. Solo tienes que saber que son rejas. Una vez que las reconoces, dejan de ser una pared y se convierten en lo que siempre fueron, una ilusión arquitectónica que tú mismo sostienes con la mirada.

Tu cárcel es exactamente del tamaño de tu pensamiento más arraigado. Es cómoda, tiene buena iluminación y siempre te da la razón. Pero si te atreves a girar la cabeza y mirar al guardia (que eres tú), descubrirás que la puerta nunca tuvo cerrojo.

La verdadera libertad no está en el mundo de afuera, sino en la capacidad de estar dentro de tus propias gríngolas sin que ellas definan tu alma. Como el preso que pinta flores en su celda, tú puedes pintar la rendija por donde se cuela el viento.

No salgas de tu cárcel. Descubre que tu cárcel siempre ha estado dentro de ti, y que tú eres más ancho que el horizonte que ella intenta encerrar.

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