ALÍ ROJAS OLAYA
RNCC

“Bajo los mares, protegidos por la ola pérfida, con que doblan el mérito de la traición, andan los nuevos filibusteros. Vienen a destruir nuestra quietud doméstica y a detener el impulso de nuestras fuentes de producción. Realizan más que una tentativa de invasión bélica, una manera de atemorizar a las masas de convicción quebradiza. Por medio de esta nueva táctica de doblegar antes de la lucha las resistencias morales de los pueblos pretenden sembrar el pánico y crear una conciencia paralítica, capaz de olvidar la propia esencia pseudo-filosófica de las doctrinas que forman el evangelio de los bárbaros”.

Este texto no fue escrito por algún defensor de la Patria en septiembre de 2025, ante la presencia de buques y submarinos de la armada estadounidense en el mar Caribe. No, nada de eso. Este texto data de 1942, el autor es Mario Briceño Iragorry y pertenece a su libro El caballo de Ledesma, publicado en Caracas por la editorial Élite. Resulta que, del 16 de febrero a finales de marzo de ese año, submarinos alemanes llegaron al Caribe con el objetivo de destruir los buques venezolanos cargados con petróleo que llegaban a las refinerías de Aruba, Curazao y Trinidad. Los nazis hundieron el buque Monagas.

En este contexto, nuestro escritor trujillano y segundo cronista de Caracas, se remonta al 8 de junio de 1595, en el que Don Alonso Andrea de Ledesma, hidalgo de gran valor, montado en su caballo cual Quijote, defendió a una Dulcinea llamada Caracas, en la hoy esquina de Monroy, del forajido inglés Amyas Preston, secuaz de Walter Raleigh, quien con seis barcos artillados había tomado por asalto el puerto de Guaicamacuto cercano a La Guaira junto a George Somers.

Hoy, cuando algunos sectores de la sociedad se burlan de los milicianos entrados en años y cuando se cumplieron cuatrocientos treinta años de aquella defensa, leamos lo que narró el historiador neogranadino José de Oviedo y Baños (1671-1738): “Solo Alonso Andrea de Ledesma, aunque de edad crecida, teniendo a menoscabo de su reputación el volver la espalda al enemigo sin hacer demostración de su valor, aconsejado, más de la temeridad, que del esfuerzo, montó a caballo, y con su lanza y adarga salió a encontrar al corsario, que marchando con las banderas tendidas, iba avanzando la ciudad, y aunque aficionado el Draque a la bizarría de aquella acción tan honrosa, dio orden expreso a sus soldados para que no lo matasen, sin embargo, ellos, al ver que haciendo piernas al caballo procuraba con repetidos golpes de la lanza acreditar a costa de su vida, el aliento que le metió en el empeño, le dispararon algunos arcabuces, de que cayó luego muerto, con lástima y sentimiento aun de los mismos corsarios”.

Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *