El rigor y la contundencia del bloqueo empleado por Bolívar contra los españoles hizo evacuar la fortaleza de Angostura

WILLIAM GARCÍA
RNCC / FOTOS CORTESÍA

El bloqueo naval como estrategia de guerra no ha sido estudiado en profundidad por la historiografía independentista. Esta arma fue aplicada por el poder realista, causando un impacto que en cierta medida incidió en la caída de la llamada primera República, al producir una escasez de alimentos y productos, la fuga de capitales y una alta inflación a la economía de entonces. No obstante, Simòn Bolívar, influenciado por Francisco de Miranda, no pasará esto desapercibido y por tanto se convierte en el primer líder político en protestar ante el mundo el bloqueo decretado por el Consejo de Regencia el 1º de agosto de 1810 a las costas de Venezuela, al hacerlo público en el Morning Chronicle de Londres, durante su estadía en la capital británica.

Siete años después, Bolívar le hará beber a los españoles una cucharada de su propia medicina, al lanzar el 6 de enero de 1817 en el cuartel general de Barcelona, su primer y contundente bloqueo, el cual será contra Guayana. El rigor y la contundencia de esta poderosa arma, empleada de manera táctica y perfectamente combinada, hará evacuar a la inexpugnable fortaleza de Angostura, en una acción de supervivencia y de fiel obediencia al Rey Fernando Séptimo. Hecho que intentó Manuel Piar en dos oportunidades y le fue imposible. El primero fue el 18 de enero de 1817, en un ataque infructuoso a la fortaleza y el segundo, fue tras el triunfo de San Félix, pero también le resultó en vano.

De los historiadores venezolanos y extranjeros, solo Miguel Acosta Saignes en su libro “Bolívar. Acción y utopía del hombre de las dificultades” (2007), hace una pequeña mención, pero el resto elude esta etapa crucial en la liberación de Guayana. En este sentido, es menester resaltar que la fuente de mayor consulta para el abordaje de este tema, es la obra del Capitán Rafael Sevilla, denominada “Memorias de un oficial del ejército español. Campañas contra Bolivar y los separatistas de América”, publicada en 1877 en Puerto Rico y luego en Madrid, España, en 1916, por el venezolano Rufino Blanco Fombona.

Relata Sevilla que en mayo de 1817 “les cerraban todas las salidas; el hambre empezaba a molestarlos y era preciso mantener abierta la parte baja del Orinoco, como nuestra última esperanza de salvación, aunque al llegar a la embocadura tuvieran que romper el bloqueo de los rebeldes” (p. 169).

Al ser enterados sobre la construcción de un apostadero en la ensenada del Cabrián y para evitar que quedaran acorralados de extremo a extremo en el Orinoco, sostiene el oficial español que “se dispuso saliera una expedición de todas las fuerzas marítimas disponibles y 200 hombres de la plaza, a fin de estorbar a todo trance la construcción de aquella ominosa batería” (p. 169).

Agrega el mencionado testigo de primera mano, que se “embarcaron el 18 a las doce de la noche. Bogaron con el mayor silencio hasta la punta la Vuelta, donde llegaron al amanecer, hora de sueño, la más a propósito para sorprender un campamento” (p. 169).

 A pesar que logran conseguir una victoria en la boca del caño Macareo, en donde cae heroicamente el Teniente de Fragata margariteño Fernando Díaz y otros marinos patriotas, el triunfo al mando de su hermano, el Capitán de Navío Antonio Díaz, el 8 de julio de 1817 en la isla Pagayos, detiene la reacción ofensiva española y el bloqueo se hará inminente.

Esto lo corrobora el mismo Sevilla, al exponer que las “necesidades fueron creciendo de una manera indecible. El bloqueo era ya completo por todas partes, y a medida que pasaban los días aumentaba el hambre de un modo espantoso” (p. 171).

Comienza entonces, lo que sería la fase crítica del bloqueo. Sostiene Sevilla, que “en tal suprema angustia, el brigadier (Miguel de La Torre) mandó reunir en el almacén militar todas las pocas provisiones que había en poder de los particulares, y a partir del 25, desde el general hasta el último soldado, desde el acaudalado comerciante hasta el más infeliz particular, todos fueron reducidos a una ración igual” (p. 171).

Las pocas provisiones llevaron a que distribuyese solo “un pedazo de tasajo y cuatro onzas de pan por persona mayor; concluidos estos artículos a los cinco días, vivieron otros ocho con fideos, garbanzos y vino; agotado esto, se les distribuyó un puñado de maíz en grano y algún pescado, cuando lo había; pero los peces se ahuyentaron de aquella parte del río, en que tan perseguidos eran, y el maíz se acabó” (p. 171).

Agotado todo el almacén de alimentos, recurrieron a comerse el ganado caballar y mular de su propio ejército. Sevilla comenta que ni siquiera se salvó el caballo del general La Torre y al respecto comenta que “matóse, pues, el caballo del brigadier, y al otro día, el del contador Tomaseti; después los demás, los mulos y burros que había; todo esto no duró más que dos días. Latorre habíase reservado para sí la asadura salada de su magnífico corcel” (p. 171-172).

 Los estragos ocasionados por el implacable bloqueo hicieron mella en los animales no aptos para el consumo. Acota el autor que “concluido el ganado caballar, les repartieron unas raciones de cacao y azúcar primero, y de cacao solo después, y dos dedos de ron. No quedó en la plaza perro, ni gato, ni rata que no se comieran. Los cueros que había en los almacenes y en los tinglados los guisaban como mondongo, y aunque salía una composición como cola, se la tragaban con ansia” (p. 172).

En tan crítica situación, ya no les quedaba nada que comer y “agotado ya todo, echaron mano de los cueros de pelo y de los que servían de forro a algunos baúles. Esta clase de alimento ponía a los hombres hinchados: se enfermaban además de disentería y de extenuación, y la mortandad que se declaró fué horrorosa. Puntualiza que él llegó a ver centinelas gritar ¡alerta!, está y caer muertos en el acto” (p. 172).

El último recurso se debió a las mujeres leales a la monarquía y ente sentido agrega Sevilla que “hasta se comieron cuantas matas y raíces de plátanos de otras plantas había en la población. Confiesa que él mismo vio muchas veces á señoras principales macilentas, pero valerosas y leales a España, recoger en las calles, acompañadas de sus escuálidos y hermosos niños, las yerbas que brotaban por entre las piedras, para cocerlas y comérselas” (p. 172-173).

Pero a pesar de la drástica situación, no dejaron de abrigar esperanzas en la llegada de Pablo Morillo con su expedición. Al punto que aseguraban a la población que a su arribo, Simon Bolivar correría a refugiarse al Brasil. El oficial realista subraya que “el 30 de Mayo, por la tarde, observaron que del otro lado del río había un grupo de hombres a caballo que les hacían señas con pañuelos blancos y que gritaban viva el rey. Toda la ciudad se alborotó de alegría, creyendo que Morillo los socorría” (p. 173).

Sin embargo, se trataba de la sorprendente visita de dos funcionarios españoles como son el capitán Escola y el padre Máximo al sitio, la cual les alentó la esperanza y en consecuencia, La Torre “mandó, que, provistos de fondos y de documentos, fuesen a las colonias extranjeras a comprar víveres, que introducirían en buques ingleses o americanos. Se les entregaron grandes cantidades con este objeto; de la caja sola de su batallón se les dieron 19.000 pesos en onzas de oro, y el 7 de Junio partieron en una canoa” (p. 173-174).

Las esperanzas se esfumaron porque ni el padre un el capitán regresaron con las ansiadas provisiones. Aclara Sevilla en una nota de pie de página de su obra, que “según noticias que tuvo años después, consiguieron burlar el bloqueo; pero ni compraron los víveres, ni los vieron. Acota además, que “ignora el motivo y si rindieron cuenta al gobierno español de aquellos caudales que se les confiaron” (p. 173).

En cierto modo, el intento por impedir el bloqueo constituyó una ardua batalla para los españoles situados, la más enérgica y efectiva de sus disipaciones, jamás tomada en cuenta por la historiografía tradicional.

En las correspondencia que el Libertador emite durante la diatriba diplomática ante el agente del Gobierno de los Estados Unidos, por la captura y el decomiso en julio de 1817 a dos goletas norteamericanas que violaron el bloqueo y en la que este agente pretendió de forma arrogante intimidar a Simòn Bolívar, se puede evidenciar la cantidad de buques que fueron apresados en frente de San Miguel y de los barcos de guerra españoles que sostuvieron varios choques contra los apostaderos militares del enemigo, hasta que al fin apresaron el apostadero de la isla Fajardo.

En una forma más explícita Bolívar argumenta “que el objetivo del bloqueo era interceptar el comercio, batir y apresar a los buques de guerra enemigos” (Héctor Valdés y Luís Cortés Bargallo” (Coordinadores). Simòn Bolívar. Textos de una Antología Original. México. 1982, p. 175).

El oficial español y segundo al mando de la Real Armada en el Cabrián, Sebastián Echeverría, había dejado en la Junta Militar para decidir la suerte de los sitiados en Angostura, una expresión muy lapidaria e incuestionable, al sugerir que “el río está bloqueado: no hay que pensar en él” (p. 162).

Lo narrado en el siguiente párrafo confirma que “todas las noches tenían que rechazar los asaltos de los parapetos patriotas y les hacían un fuego nutrido la escuadrilla de arriba y la caballería, que estaba a la otra banda del río. No los dejaban dormir un momento; les era forzoso hacerlo de día, en que la mitad de sus fuerzas velaba mientras el resto descansaba un rato. Ninguno de ellos se entregaba al sueño sino vestido y con sus armas al alcance de la mano, para morir matando o suicidarse en el último trance, que todo era preferible a perder la vida a lanza o machete” (p. 174).

En una especie de síntesis, Sevilla precisa que “se sostuvieron sufriendo miseria indecible y combates diarios hasta el 15 de Julio” y añade que “no eran más que unos esqueletos ambulantes” y que La Torre jamás “había pasado tanta escasez como el último de sus soldados, como la más infeliz mujer de aquella ciudad, tan infortunada como heroica y fiel” al Rey de España” (p. 176).

La Torres, al convocar una junta de mili tares y algunos civiles para tomar una decisión y al respecto declara que con hombres como ellos, si tuvieran qué comer, sostendrían esta ciudad por España durante diez años, contra todo el poder de los rebeldes del continente. Pero contra un hambre de cuatro meses no hay héroes: ni Alejandro, ni César, ni Cortés, ni Napoleón, han conseguido luchar contra este enemigo interior, impalpable, que llevan clavado en las entrañas como un cáncer mortal, que cada día se agrava más y los va diezmando uno a uno” (p. 176).

Ante tan crítica situación, reafirma que “Guayana ha hecho todo cuanto cabe dentro del poder humano, por mantener en sus torres el pabellón español, a cuya sombra nació y fué feliz, pero que no hay posibilidad de prolongar más una lucha con hombres que caen muertos de extenuación al lado de los cañones. Y la decisión es inminente al exponer que “el problema que hay que resolver ahora es abandonar la plaza sin caer en las garras del enemigo” (p. 176).

En el fondo, la mayor parte de la población que acompañaba la ideología realista, era la más adinerada y que ante las consecuencias de un prolongado bloqueo, quedaron expuestos a la pérdida de sus privilegios. Un ejemplo de ello lo cita Sevilla al narrar que en la junta “se levantó un anciano y era uno de los más ricos capitalistas de Guayana, y quien expuso que “de seis hijos varones casados que tenía han muerto dos, uno de hambre y el otro de bala: los otros cuatro están con el fusil en la mano desde el principio del sitio, defendiendo los derechos del rey; tenía además, cuatro hijas, dos casadas y dos solteras cogiendo yerbas por las calles para mantenerse; y ellas, que se criaron en el regalo y en la opulencia; ellas, que tienen un padre rico de oro, pero sin un mendrugo de pan que ofrecerles y que en su caso análogo se hallaban todos los padres de familia de Guayana, y que la miseria a todos los niveló” (p. 177-178). Estaban pagando con la misma moneda lo que le hicieron al pueblo revolucionario de 1810 y 1812, el más impactado por esta medida de guerra que no ha dejado de ser empleada por los imperios cuando los pueblos se levantan a defender su independencia y su soberanía. Lo cierto es que “ya resuelto la retirada de todos a las fortalezas de la antigua Guayana, donde esperaba encontrar recursos suficientes para subsistir hasta que llegara Morillo o los víveres de las colonias” (p. 178), dejaba ver que aun cifraban esperanzas en el arribo del jefe español.

De acuerdo al mismo autor, la evacuación de Angostura no fue tan apacible como se ha narrado en muchas obras dedicadas a este dramático y determinante episodio. El bloqueo se intensifica de tal manera que los patriotas habían colocado a tiro de pistola dos cañoncitos y 85 tiradores escogidos, con los cuales les causaban un estrago horrible” (p. 179).

Prosigue Sevilla y expresa que “La Torre ideó un plan muy ingenioso y escogió a 40 negros, varios de ellos esclavos, los mandó desnudarse, dejando sólo la fornitura adherida al pellejo. En la noche obscura seleccionó a cuatro músicos con dos violines, un clarinete y un bombo, quienes tocaron ruidosamente una jota aragonesa, para entretener a la guardia patriota, mandó a ejecutar la operación y se pusieron en movimiento” (p. 179):

Textualmente describe el oficial español que a la par de la música “los 40 valientes negros se arrastraban hacia la avanzada insurgente como sombras. No fueron vistos ni sentidos hasta que, con sus bayonetas, empezaron a atravesar los pechos de los enemigos. No fué lucha, fue una matanza horrible lo que allí tuvo lugar. Ni uno solo de los escogidos tiradores de Bolívar quedó con vida: todos fueron pasados a cuchillo. Veinte minutos después estaban los 40 héroes en el campo, trayendo consigo los dos cañones asesinos y los cien fusiles que tantas víctimas habían hecho”. (p. 179).

A los esclavos les fue otorgada “la cinta del pabellón nacional, dotada con treinta reales de pensión al mes y les dio cartas de libertad por su valor y fidelidad a la causa española, siendo incorporados al batallón del Capitán Rafael Sevilla” (p. 180).

Así fue que “el 16 por la noche empezaron a embarcar las familias de Guayana, con sus equipajes más necesarios. Clavaron cuidadosamente las piezas que iban a abandonar y pusieron a bordo todas las municiones que les quedaban. Aquella operación fué sumamente lenta y difícil. Á las siete de la mañana del 17 ya no quedaba nada en la ciudad. Los muelles estaban llenos de muebles, ropas, objetos de tocador, sombreros y muchos otros artículos que no habían cabido en los buques” (p. 180) y el convoy zarpa hacia las fortalezas de la Vieja Guayana, a donde arriban el 20 de julio.

A todas estas, tenemos que el rigor y la contundencia del bloqueo empleado por Bolívar a los españoles, fue lo que hizo evacuar la fortaleza de Angostura y que la misma no fue una consecuencia directa de la batalla de San Félix, cuya versión se desvanece con estos fidedignos testimonios escritos de primera mano y no de forjadas suposiciones.

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